Recuerdo de pequeño, en infinidad de ocasiones, escuchar a mis padres diciéndome que bajo ningún concepto podía interrumpir una conversación entre personas adultas. Recuerdo la sensación de vergüenza y de culpabilidad cada vez que una persona mayor me llamaba la atención por algo que hubiese hecho, algo que siempre debía aceptar sin rechistar según las consignas de mis padres. Recuerdo la contestación de mis padres cuando en alguna ocasión les comentaba que en el colegio el profesor me había regañado o castigado, y lo recuerdo porque la respuesta era siempre la misma: algo habrás hecho. Y no olvido que durante mi niñez y mi infancia tuve que aceptar algunas decisiones suyas que en su momento no entendí y que el paso de los años les han dado la razón y me han hecho entender que formaba parte de mi educación y de mi formación. Como no olvido tampoco la frase de que en la vida hay que luchar para conseguir lo que quieres aunque el camino sea duro, que siempre lo es, y debas levantarte una y otra vez después de caer. Me enseñaron a respetar y a afrontar las injusticias y los problemas con entereza y con capacidad para reaccionar.

Actualmente cuesta encontrar esos valores en los jóvenes futbolistas. Se les educa desde el exceso de protección y se creen hombres antes de serlo. Nunca he entendido ese rechazo feroz en los últimos tiempos por parte de muchos padres hacia el sufrimiento. Como si el niño no se fuese a encontrar ningún obstáculo en su vida y no tuviera la necesidad de sortearlo, entendiendo que su vida será un camino de rosas. Un rechazo frontal hacia un estado que despierta cualidades que en situaciones de comodidad muy probablemente nunca aflorarían y que te hace madurar y tener una doble perspectiva de una vida que en muchas ocasiones te golpea duramente. Entiendo que negar esta parte del camino a los jóvenes y este empeño en que no los toque ni el aire, los limita, los hace blandos y los dota de unos valores vagos e irresponsables.

Existe un perfil muy común de joven futbolista que denota que algo se está haciendo mal en la educación de los jóvenes. Un futbolista que no es autoexigente, que no valora las oportunidades que tiene, que no respeta a sus compañeros ni a las personas que por una cuestión jerárquica están por encima de él, que se cree en posesión de la verdad absoluta con diecisiete o dieciocho años y que toma decisiones caprichosas con el consentimiento de unos padres que no sólo son cómplices sino que lo respaldan y justifican muchas de sus irresponsabilidades. Me debo estar haciendo mayor al pensar que cada vez cuesta más encontrar gente joven con unos buenos valores, que asuman su rol y que sepan escuchar, respetar, sufrir y aprender sin creerse atacados o creyendo que algunas decisiones se toman para perjudicarlos y faltándoles el respeto. Y en las últimas semanas no he podido evitar recordar en varias ocasiones unas palabras de Pep Guardiola cuando le preguntaban por Andrés Iniesta: ” No luce tatuajes, no lleva pendientes, no se pinta el pelo, juega 20 minutos y no se queja… Es el ejemplo. Así se lo digo a los chicos: ‘Fijaos en Iniesta'”.