Hace ya unos meses que Pep Guardiola abandonó la disciplina del FC Barcelona. Pep dejó un club que lleva en los genes ya desde jugador y que conoce mejor que nadie, probablemente por la distante relación con la directiva, encabezada por Sandro Rosell, y por las discrepancias con algunos pesos pesados del vestuario fruto de toda convivencia y de su obsesiva forma de trabajar y de controlar todos los entresijos del vestuario. Algo que seguramente provocó la rebeldía de algunos jugadores que el entorno, ese entorno que Pep tan bien conoce, los endiosa y se creen con derecho a discrepar aspectos de gestión que competen al entrenador saltándose el orden jerárquico que debe imperar en todo vestuario. Algo que un entrenador con la trayectoria de Pep y con el ego de los que se saben grandes no podía permitir. Seguramente esa situación la hubiese gestionado mucho mejor Joan Laporta y hubiera llamado al orden a los jugadores en cuestión. La primera de las causas que creo que motivan su adiós ya no se hubiese producido, Laporta fue desde el primer día el principal valedor y defensor de Guardiola.

En este país, donde la prensa y una sociedad profundamente mitómana crea dioses que se visten de corto, un entrenador necesita en ocasiones el refuerzo y el apoyo incondicional y público si es necesario del presidente. Un apoyo que Pep no encontró en Sandro y que debilitó su posición dentro del vestuario acompañado del endiosamiento de algunos de aquellos futbolistas que lo habían ganado todo a sus órdenes y algunos de ellos también al frente de la Selección Española.

El relevo de Pep lo cogió Tito Vilanova, un entrenador de un perfil mucho menos mediático, que apostaba por la continuidad de un proyecto iniciado temporadas atrás. Tito asumió el reto y en los meses que ha dirigido al equipo hasta la recaída de su desgraciada enfermedad los números eran tan buenos o más que con el propio Pep. La apuesta continuista del Barça funcionaba y Tito ejercía de nuevo líder en un vestuario con muchos y grandes egos. Pero el caprichoso destino ha querido poner una piedra en su camino, que los plazos de su estancia en Estados Unidos ponen en evidencia que la cosa no tiene buena pinta. En unos meses, por razones radicalmente diferentes,  el Barça ha perdido dos líderes que demuestran que si bien es importante tener buenos actores para realizar una buena obra, también hay que saber gestionar a los buenos y talentosos. Roura no es de ese perfil, el entorno lo sabe, los jugadores lo saben y él mismo lo sabe. Los jugadores que hace unos meses lo han ganado todo echan en falta un referente que los guíe deportivamente y que lidie con los problemas del vestuario. En un mes de febrero, clave en todo equipo para sus aspiraciones en el último tramo del campeonato, el Barça ha mostrado una debilidad que hacía tiempo no se le veía a un equipo que ha marcado una época a nivel mundial. La importancia de los líderes en cualquier colectivo es tal que aquellos que se creían por encima del bien y del mal y discreparon con el primero que encabezó este proyecto hoy día son conscientes que no es posible la autogestión y se sienten desorientados, dubitativos y huérfanos de ese referente que los guíe y les marque el camino a seguir.

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