Hace algunos años un amigo viajó a la Patagonia. A la vuelta, en una cena junto a otro amigo en común nos explicaba las aventuras y experiencias vividas en su travesía en Argentina. Durante la conversación me llamó la atención una de sus excursiones en la que decía haberse perdido y tras varias horas de camino, cuando estaba a punto de oscurecer, exhausto y desorientado encontró una cueva donde poder refugiarse y pasar la noche hasta que con la luz del nuevo día pudiera retomar su andadura. Explicaba que se asustó al vislumbrar una tenue luz al fondo de la guarida y que avanzó sigilosamente hasta el lugar de donde procedía la luz entre la oscuridad de la cueva. Al llegar al final se encontró con una mujer joven y rubia de ojos claros que lo miraba fijamente con cara de sorpresa, como si hiciera tiempo que no veía a nadie. Nunca había visto una mujer tan bella, relataba, y jamás imaginó que pudiera encontrarla en un lugar así y en esas circunstancias. Pasó la noche charlando con la mujer y al amanecer y orientado por ella siguió su camino despidiéndose de la que fue la mujer y la experiencia que marcó aquel viaje. El otro amigo que nos acompañaba en la velada al oír la historia e impactado por el relato decidió a los pocos días emprender hacia la Patagonia en busca de la misteriosa y bella mujer de la cueva. Y nuevamente, al regresar éste de su viaje volvimos a encontrarnos para compartir su aventura. Su experiencia allí fue muy similar a la del primero de mis amigos, localizó la cueva y se adentró en ella, pero al llegar al final se encontró algo totalmente diferente a lo que esperaba ver. Al fondo de la caverna había una mujer anciana, arrugada y encogida por el paso de los años, de ojos oscuros, mirada melancólica y voz apagada. La única similitud era el nombre de las dos mujeres, ambas se llamaban Realidad.

Es paradójico que ante una misma realidad, en ocasiones, la gente tenga percepciones tan diferentes de ella. No es que uno de los dos mintiese, imagino que los dos fueron sinceros y contaron a su regreso a Barcelona aquello que vieron, pero la realidad, muchas veces, cada uno la ve como quiere verla absorbido por diferentes motivos, entre ellos nuestra forma de entender la vida o nuestros conocimientos e ideología. Nos es por tanto de extrañar, que siendo cada uno un ser diferente formado y condicionado por aquello que creemos como cierto y absoluto veamos una misma realidad desde perspectivas totalmente opuestas. El problema es cuando vemos una mujer rubia y volvemos explicando que lo que vimos es una anciana o a la inversa. Porque en situaciones así pueden pasar tres cosas, que el que relata el suceso esté ciego, que no tenga ni idea de aquello que está viendo y por consiguiente, debido a su ignorancia, tenga una interpretación errónea y distorsionada de la realidad o que sea un vendido. Las dos primeras son perdonables, tanto el ser ciego como el ser un ignorante tienen una justificación, pero en la tercera de ellas nos encontramos con gente que ve una cosa pero dice o escribe lo contrario.

Los entrenadores de fútbol, debido a algunos intereses, sufrimos en ocasiones estas distorsiones de la realidad, en las que independientemente de lo que hagamos o hagan nuestros equipos la etiqueta es siempre la misma, ya sea ésta positiva o negativa. Hace unos años estuve a punto de estudiar Periodismo, algo de lo que no me arrepiento porque en los tiempos de crisis en los que vivimos, resultaría muy tentador aceptar un puñado de euros a cambio de volver de la Patagonia diciendo que he visto a una bella mujer rubia cuando lo que en realidad he visto es una vieja decrépita.

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