Cada temporada son varios los entrenadores cesados en las diferentes categorías del fútbol estatal. Hace unos días, en Inglaterra, el director ejecutivo de la asociación de entrenadores, Richard Bevan, declaró que le parece una vergüenza lo que se está haciendo en su país con los entrenadores y concretamente en el Chelsea, donde desde el 2003 que Abramovich es el dueño del club londinense han desfilado ocho entrenadores, de los cuales solo Guus Hiddink se marchó tras finalizar su contrato. Esta situación, que tanto sorprende y violenta a muchos estamentos y personalidades inglesas, los cuales tienen una forma de entender este deporte muy diferente a la nuestra, es desgraciadamente parte de la cultura de nuestro fútbol. El baile de entrenadores es una constante temporada tras temporada y disfraza, temporalmente, algunas miserias fruto de malas gestiones deportivas y económicas por parte de directivos y directores deportivos. Es posible que en determinados casos, la solución por algún motivo relacionado con  la mala gestión de un vestuario o, porque no, por la incompetencia de algún entrenador la solución sea el cese, provocando un cambio de rumbo y sabia nueva, pero en la mayoría de casos no solo no se respetan los plazos lógicos que cualquier equipo necesita para madurar y asimilar los conceptos de un determinado entrenador sino que es el comodín más fácil del que disponen algunos directivos que se dejan aconsejar por el diablo o que pierden los papeles por un puñado de pañuelos y pitidos al palco tras una serie de resultados negativos. Directivos con pulso de anciano que no son capaces de apostar por la continuidad de su entrenador en momentos difíciles por los que todo club atraviesa en algún momento de la competición.

Hay dos casos esta temporada que me parecen asombrosos. Uno es la destitución de Fabri, exentrenador del Granada CF, en el primer partido de la segunda vuelta. Fabri, un entrenador con una dilatada carrera en clubes humildes se hizo cargo del Granada en la 2a división B y en dos temporadas lo ascendió a Primera división. No hace falta tener unos grandes conocimientos en gestión deportiva para entender que el Granada con Fabri o sin Fabri es uno de los equipos, a nivel estructural y económico, más humildes de la categoría. Sin embargo, este argumento no sirvió para mantener en el cargo a un entrenador que había ascendido al Granada durante dos temporadas consecutivas hasta la máxima categoría. El otro caso es el del currante Manolo Preciado, un perfil de entrenador campechano, profesional, con experiencia no solo en la élite sino en situaciones límite y que llevaba varias temporadas logrando la permanencia con el modesto Sporting de Gijón sorteando mil dificultades y saliendo siempre airoso al final de curso. Me resulta surrealista como en ambos casos y en muchos otros impera aún la creencia de que la falta de presupuesto, la mala gestión deportiva o incluso las limitaciones lógicas de clubes modestos cuyo único objetivo es salvar la categoría, a sabiendas de que eso pasa por sufrir durante todo la temporada y ocupar en algunas fases del campeonato las posiciones de descenso, se soluciona con la destitución de sus entrenadores y la contratación de un entrenador que parece venir con una varita mágica debajo del brazo y que casualmente siempre, o casi siempre, es de un perfil similar: un entrenador mediático y con buenos ‘padrinos’ que aconsejan al presidente de turno y le venden cantos de sirena.

Posiblemente Javier Clemente entrene gratis al Sporting de Gijón, pero a Manolo Preciado no le hubiese venido nada mal que con el dinero que cobra el entrenador vasco le hubiesen contratado un buen delantero en el mercado de invierno. Cuando faltan grandes dosis de realismo en las cúpulas de los clubes de fútbol, el dinero se invierte tarde y con prisas y uno no se hace la pregunta de quiénes somos, cuál es nuestro presupuesto y contra quién estamos compitiendo a veces se toman decisiones, ya no solo injustas y agresivas para los que conocemos algunos entresijos de este deporte, sino que son decisiones que acaban siendo pan para hoy y hambre para mañana.

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