Archive for octubre, 2011


Fútbol en blanco y negro

Existen numerosos episodios de casos racistas en los estadios de fútbol de todo Europa. Cualquier persona que frecuente los campos de cualquier liga ha escuchado en más de una ocasión cánticos, gritos o comentarios racistas hacia algún jugador negro. Actualmente en Inglaterra, un país bastante comprometido con la erradicación del racismo en los estadios de fútbol, está siendo investigado por la Asociación de Fútbol inglesa y por la Scotland Yard el capitán del Chelsea y de la selección inglesa John Terry por supuestos insultos racistas al defensa del Queens Park Rangers Anton Ferdinand. En otros países, como el nuestro, existe una vergonzosa permisividad por parte de las instituciones que permite que este tipo de incidentes no tengan el castigo que merecen y se repitan con demasiada frecuencia.

Una parte de la reciente Historia europea nos debería avergonzar por la apología que muchos países han hecho del pensamiento único y/o de la supremacía de la raza blanca. El fútbol, como la sociedad, debería aprender de su Historia y evolucionar hacia la diversidad y hacia el respeto a toda persona independientemente de su color de piel.

Resulta paradójico que jugadores y aficionados con futbolistas negros y de diferentes razas y culturas en sus equipos agredan verbalmente a otros adversarios. Un deporte que mueve a millones de personas y que tiene una dimensión mediática inmensa debería no solo estar limpio de cualquier connotación racista sino ser vehículo para promover la igualdad y el respeto entre blancos y negros.

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El falso entorno

Todos los que vivimos el fútbol desde el banquillo o desde el terreno de juego conocemos el famoso entorno y sus consecuencias tanto en positivo como en negativo. Un entorno que nos eleva a las nubes cuando las cosas van bien y que nos desciende a los infiernos cuando éstas van mal. Como futbolista o como entrenador es necesario encontrar un equilibrio emocional en los momentos en los que el entorno es favorable o en aquellos en los que resulta hostil ya que éste pasa de la euforia al desaliento en cuestión de días, a veces la diferencia entre un estado u otro es una simple jugada que hace que ganes tres puntos o que los pierdas. Un equilibrio que te permita no relajarte en las situaciones favorables y emborracharte de ego y de éxito y que te evite caer en el derrotismo y destruir tu autoestima en los momentos difíciles agarrotándote y limitándote en la competición y en tu propia vida personal.

El objetivo ante su extremista visión debe ser, por tanto, aislarse de este clima de euforia o de catastrofismo desmedidos y equilibrarse mentalmente para mantener una línea regular e impermeable ante sus fluctuantes opiniones y estados de ánimo. Ser conscientes siempre que los mismos que te aplauden y piropean en los buenos momentos son los que te abuchean y critican cuando las cosas no funcionan, y conseguir una fortaleza mental y una alta autoestima que te ayuden a aislarte de las críticas, muchas veces injustificadas o precipitadas, y una capacidad de autoexigencia y de autocrítica necesarias para no dormirse ante los elogios desmedidos y mantener un buen rendimiento independientemente de las sensaciones externas.

Los jugadores y entrenadores como todo ser humano tenemos nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestros problemas personales, nuestras subidas y bajadas de estado de ánimo… no siempre podemos estar al cien por cien y no siempre podemos acertar aún estando en un buen momento. Y el entorno es soberano de opinar libremente y de manifestarse de una u otra forma pero los principales protagonistas de este deporte debemos aislarnos de su forma de digerir las buenas y las malas situaciones y seguir nuestro propio cauce de un modo mucho más prudente y racional.

La cara que habito

Siempre he admirado a las personas íntegras y con las ideas claras, aquellas con una fuerte personalidad e inalterables ante nada y ante nadie. El fútbol como la vida, está lleno de gente transparente y de gente turbia, gente que los ves venir de cara y transmiten siempre una misma imagen y actitud y otros que no sabes nunca si vienen o si van y son camaleónicos en sus formas y sus discursos.  Es un reflejo, también, de nuestras virtudes y de nuestras miserias. Es evidente que es mucho más fácil tener un buen comportamiento y transmitir un mensaje de serenidad cuando las cosas van bien que cuando van mal, pero es cuando éstas se tuercen cuando se ve la verdadera cara de las personas y cuando a algunos se les cae la careta.

Cada uno vive el fútbol y afronta la competición como quiere, dentro de unos márgenes de ética y de saber estar. Lo que me resulta vomitivo son aquellas personas que proyectan una imagen de señorío y de ejemplaridad y lo pierden en los momentos complicados que tiene la competición. No censuro los gestos de picardía, que forman parte del juego, pero sí el sucio contraste entre el alardeo de deportividad en los buenos momentos y el comportamiento ruin en los malos, a esos lobos con piel de cordero que se amparan detrás de una máscara o una entidad y muestran su lado más primitivo en los momentos que realmente deberían hacer gala de su ‘verdadera’ deportividad.

En esta vida en la que estamos de paso, aunque algunos no hayan superado su complejo de inmortalidad, hay que ser honrado y tener una sola cara. Ser uno mismo con sus capacidades y sus imperfecciones, ser auténtico y vivir y competir dignamente. Cuando uno actúa y finge un falso señorío se le ven las vergüenzas precisamente en los momentos en los que realmente se ve si una persona es un señor o habita una cara que no es la suya.

Bendita competición

Todos los que estamos acostumbrados a competir conocemos bien los síntomas previos a la disputa de un partido. El pellizco en el estómago, el nerviosismo, la ansiedad, el insomnio y alguna que otra visita al lavabo están presentes las horas previas a la competición. Estos síntomas, que requieren de un alto grado de autocontrol para conseguir equilibrarse y afrontarla en un estado óptimo y con los que acabamos familiarizándonos forman parte de nuestra rutina semanal. A aquellos que nos gusta la competición nos encontramos con una agradable ambigüedad entre el malestar físico y mental antes de competir y el placer inexplicable que nos producen esas horas de espera y de preparación para afrontar lo que más nos gusta.

La descarga de adrenalina y la sensación de disfrute que nos produce el juego y sus horas previas y posteriores hacen que cuando no la tenemos sintamos un duro y angustioso síndrome de abstinencia que solo desaparece con la vuelta a la competición e inundándose de nuevo de ese flujo de sensaciones. La necesidad de competir y el gozo que nos proporciona nos provoca una enorme dependencia y subordinación hacia ella. La ausencia de esa retahíla de sabores y sinsabores , de esa relación amor-odio y de esa mezcla de emociones nos deja huérfanos de la sensación de complacencia y plenitud que nos aporta nuestra bendita competición.

El peor enemigo de un futbolista

El peor de los enemigos en la vida deportiva de cualquier futbolista es, sin duda, la relajación. Como todo ser humano, el futbolista tiende a acomodarse y a no dar su máximo rendimiento después de un tiempo de éxitos y piropos. El entorno del fútbol es exageradamente extremista, tanto para lo bueno como para la malo, y las alabanzas después de una victoria o una secuencia de ellas son desmesuradas. Luchar a diario contra la relajación y conseguir vencerla debe ser el gran objetivo de los que aspiran a grandes cotas. La relajación en un futbolista se combate entrenando y exigiéndose cada día con el objetivo de mejorar  y mantener su mejor nivel y olvidando rápido las victorias y los halagos.

Los objetivos personales en la trayectoria de cualquier futbolista a corto, medio y largo plazo deben ir siempre acompañados del inconformismo y la ambición por seguir creciendo y dar cada día su máximo rendimiento con regularidad. La autoexigencia debe ser una constante en su vida deportiva.

Muchos jugadores con unas grandes condiciones han llegado a un gran nivel y después se han desplomado. Lo más difícil no es llegar al máximo rendimiento sino mantenerse en él con regularidad. Que solo el paso del tiempo y las limitaciones lógicas de la edad puedan condicionar su trayectoria y su rendimiento.

La fuerza de los líderes

Todos los animales salvajes que viven en manadas tienen un líder, el animal más fuerte. Existe tanto a nivel humano como animal una relación simbiótica: tú me das seguridad, yo te obedezco y te respeto. Cualquier sociedad o colectivo necesita un reparto jerárquico del poder. Los equipos de fútbol no son una excepción y necesitan también de estos referentes.

En los momentos difíciles durante la competición, la presencia y la participación de este tipo de jugadores es esencial, ya que arrastran y contagian al resto para que saquen fuerzas de flaqueza y superen los obstáculos. En las situaciones favorables todo el mundo responde, pero cuando surgen adversidades hay jugadores que necesitan de alguien que les empuje a dar su máximo rendimiento. Hay muchos jugadores que ante los contratiempos de un partido o una determinada situación se esconden y es en estos momentos donde la intervención de los líderes es esencial debido a su fuerza mental, carácter e inteligencia; éstos tiran del resto para superar entre todos los obstáculos que surgen durante la competición.

El liderazgo lo puede y lo debe ejercer en primera instancia el entrenador como cabeza visible de un colectivo, pero no siempre es así. En el caso que el entrenador ejerza un buen liderazgo, y se gane el respeto del grupo de forma voluntaria por sus conocimientos y su personalidad, el jugador líder es del todo compatible e igual de necesario en un vestuario. La jerarquía ideal de un equipo de fútbol, entiendo que es un buen líder en el banquillo y un buen líder dentro del terreno de juego. Una buena relación del entrenador con él, y la capacidad de ‘ganárselo’ se traduce en un mayor control del vestuario y una importante suma de fuerzas. Son un referente y un ejemplo para el resto y el vestuario los ve así. Ayudan a crecer a sus compañeros, marcan la dirección, sirven de guía… son un reflejo para el grupo que los imita, respeta y obedece libremente.

Siempre he creído que la similitud entre el hombre y el animal es más estrecha de lo que muchos opinan. Nuestros orígenes son los que son y hemos sido mucho más tiempo monos que humanos. Es por ello, que muchos de nuestros comportamientos y de nuestras formas de organizarnos y relacionarnos siguen patrones naturales idénticos a otros seres. En lo más esencial y lo más básico seguimos las mismas pautas y para una buena organización y un buen funcionamiento de un colectivo necesitamos como referentes a los que mejor se adaptan y a los más fuertes para conseguir juntos nuestros objetivos.

Existen infinidad de factores que condicionan y determinan el desarrollo de un partido de fútbol, algunos de ellos incluso incontrolables por el entrenador. Controlar y trabajar los que se encuentran bajo su control, tanto defensiva como ofensivamente, entiendo que debe ser casi obsesivo.

Dentro de los factores controlables , en una lucha constante contra el tiempo y el espacio como es un partido de fútbol, se encuentra un buen trabajo y una efectiva ejecución de la presión. Educar al equipo para achicar el terreno al adversario en una rápida maniobra, y saber interpretar cuándo, dónde y cómo hacerla. Implicar a todo un grupo en un esfuerzo sin reservas y haciendo gala de una solidaridad extrema; la presión es de esas acciones que muestran claramente el compromiso de un equipo y que requiere de un importante desgaste físico y mental. Conseguir que se convierta en un sentimiento de equipo, el cual a partir de un determinado estímulo se active y persiga un mismo objetivo: reducir el espacio de acción al adversario y su tiempo de reacción; once jugadores en fiel armonía y cada uno con una misión, ya sea presionar al poseedor de balón, cerrar una línea de pase o acotar la zona de balón, pero con una misma finalidad. Ganar la batalla al reloj y aprovechar mejor el medio. Adaptarse y controlar el terreno y el segundero mejor que tu contrincante… sobrevivir en un rectángulo durante noventa minutos con el objetivo de salir victorioso.